Instituciones de la vergüenza
15 Marzo 2011 por hectorsalazar
A lo largo de la historia, durante generaciones y generaciones, los ciudadanos, hemos llegado a la conclusión de que necesitamos unos valores básicos, unas normas fundamentales, que todos podamos compartir en igualdad. No nos cabe ninguna duda de que son los Derechos Humanos los que representan esas normas y valores. Derechos Humanos que no sólo son un fin (su goce nos permite vivir una vida digna), sino que también son un medio con el que lograr una sociedad justa, un mundo habitable, en definitiva, una plena democracia.
Antonio Enrique Pérez Luño, acertada y descriptivamente, define los Derechos Humanos como “un conjunto de facultades e instituciones que, en cada momento histórico, concretan las exigencias de la dignidad, la libertad y la igualdad humanas, las cuales deben ser reconocidas positivamente por los ordenamientos jurídicos a nivel nacional e internacional”.
Por desgracia, este panorama utópico choca con la cruda realidad. Nuestra sociedad padece el terrorismo, la guerra, el paro, la pobreza, la corrupción, el racismo, la homofobia, etc. Esta realidad, que ya tomamos como normal, no debiera serlo, ya que vulnera todos nuestros Derechos Fundamentales. Si esta normativa se sigue incumpliendo la democracia no es que se vea amenazada, es que directamente no existe.
Desde hace unos días, estamos viviendo de un modo paralelo dos desgracias, una inevitable, el tsunami que ha destrozado miles de pueblos y vidas japonesas; y una perfectamente evitable, la guerra civil provocada por el tirano Gadafi. Ante el panorama japonés poco se podía hacer, ante el libio, absolutamente todo, y nada se hace. Puede que estemos ante la mayor crisis de las instituciones internacionales y comunitarias, deslegitimadas, inoperantes, representativas de la vergüenza ajena, de la desvergüenza, de su muerte moral y política.
Hay seres humanos que están padeciendo la barbarie dictatorial terrorista de un loco, de una bestia descontrolada, cuando pudiera estarlo, cuando debiera estarlo. Los Derechos Humanos no se defienden con declaraciones, se defienden con honor y contundencia, con celeridad y compromiso. Ni Estados Unidos, ni la ONU, ni la Unión Europea han estado ni están por la labor. El caso de Libia no es el único, es el inmediato, una grave crisis, un grave problema que debería haber estado solucionado hace semanas.
¿Seguiremos creyendo en estas inútiles instituciones? ¿Verdaderamente nos representan? ¿Para qué sirven? ¿Por qué no hacen nada?
No, no, para nada, porque no ven la rentabilidad.
Ante este panorama las urnas europeas pueden esperarme sentadas.








