España entra en el club de las estrellas
12 Julio 2010 por Daniel Terrasa
Ha costado mucho, pero la Historia nos lo debía. Deuda saldada.

Ha costado mucho, pero la Historia nos lo debía. Deuda saldada.

Puyol, el héroe ante Alemania
Como en una narración épica clásica, Puyol se erigió en el héroe homérico de la noche de las semifinales. Si fuera un personaje de la Ilíada le llamarían “Puyol, el que remata con la cara”, o algo similar. En ese portentoso gol ante Alemania el pequeño defensa culé -pequeño en comparación a las poderosas y temibles torres teutonas- se abrió paso con una fuerza sobrehumana desde fuera del área, sostenido en su vuelo por los dedos de los mismos dioses del Olimpo, y cabeceó la pelota con una brutalidad desnuda.
No descartemos que la ubicación de la mítica Laguna Estigia quede en las afueras de La Pobla de Segur, y que su madre lo sumergiera en ella para darle la inmortalidad, como a Aquiles. Solo que esta vez sin sujetarlo del talón. Eso al menos explicaría el prodigio.
El gol llegó en el momento adecuado, en la catarsis del encuentro. La testa de Puyol de destrozó la falange germánica. Un grito desgarrado de furia. Un acto de justicia balompédica. Un momento inolvidable. Puyol acaba de pasar a la Historia, y lo ha hecho fiel a su estilo: A lo bestia. Un catalán llevando a España a la gloria futbolística. Qué grande.


“Cuando un español de verdad la caga, la caga a lo grande”. Esta frase mítica hay que atribuirla a un personaje de ficción de la no menos mítica serie de TV “Aquí no hay quien viva”. Sí, ya sé: Es una serie cómica y muy poco glamourosa, pero resume magistralmente en dos palabras nuestra realidad nacional y deportiva.
Quizá para los más jóvenes el naufragio de ayer ante Suiza habrá supuesto un shock brutal, un brusco despertar de su sueño. Sueño irresponsablemente alimentado e inflado cual burbuja inmobiliaria por la inclasificable raza de los perdiodistas deportivos, esos que ahora se tiran a la yugular de Del Bosque y los jugadores, esgrimiendo titulares donde se remarca la palabra “humildad”. Humildad, le dijo la sartén al cazo. Hay que joderse.
En fin, decía que esto puede haber sorprendido a algunos bisoños, pero los que ya hemos visto algunos mundiales sabemos que esto es lo normal. “Señora: España y yo somos así”, que decía el clásico. Lo raro era lo otro. Ganar y tal, ser campeones, etc. Uno no puede luchar contra su destino. Ni siquiera cuando cuenta posiblemente con el mejor equipo del campeonato. Porque esa es otra: tenemos un equipazo, quién lo duda, pero para ganar el torneo eso no es suficiente per se. Una selección cuya columna vertebral está formada por los jugadores del Barça. Ayer ninguno de ellos brilló a su altura. Hasta Xavi estuvo fallón. Mal síntoma.
El que debe estar que trina es ZP, que confiaba en la selección como el panem et circenses que le iba a servir de cortina de humo para colar su decretazo. Este hombre no tiene ni puta idea de fútbol. O por lo menos, sabe tanto de fútbol como de economía. ¡Qué crack!

Laporta: Qué poco te echaré de menos.
Debo confesar que no he seguido la campaña electoral para la presidencia del Barça. Más que nada para evitar sentir vergüenza ajena. Sé que se presentan cuatro pájaros (Sandro Rosell, Marc Ingla, Jaume Ferrer y Agustí Benedito) pero lo que me parece más destacable por encima de todo es que por fin Joan Laporta abandona el club. Si deportivamente su etapa en la presidencia ha sido la más gloriosa en cuanto a títulos y posiblemente en gestión económica, el daño que le ha hecho a la entidad y a su imagen es incalculable.
Laporta, no me cansaré de repetirlo, ha utilizado el nombre del FC Barcelona para sus aspiraciones políticas personales. Ha involucrado al club en su cruzada trepa arrastrándolo a la arena política, marginando a los culés que no somos catalanes, e incluso a los culés catalanes que no comulgan con las ruedas de molino del nacionalismo, que son muchos. Ha conseguido abrir brecha, que el Barça sea odiado por mucha gente en el resto de España. Sí, ha empequeñecido al club, cubriéndolo con una pátina de roñoso nacionalismo decimonónico. Y todo para alimentar su insaciable ego, para postularse como nuevo caudillo del catalanismo independentista y sentar las bases de su futura carrera.
Todo esto también debe añadirse en el Curriculum de Joan Laporta, y eso que me ahorro mencionar sus maneras prepotentes y chabacanas, sus tics autoritarios y sus modales de nuevo rico. ¡Qué joyita! Algunos le calamos en el minuto 1, pueden constatarlo en mi otro blog. Su marcha es un alivio, una liberación. Hay que celebrarlo.
Luego está la cuestión sucesoria. La cosa no está como para echar cohetes. Incluso el más encarnizado rival de Laporta, Sandro Rossell, está subido -como los demás- en el tren del catalanismo y está movido por el interés personal. Todos estos señores son todos aspirantes a políticos, ambiciosos y oportunistas. Van a lo que van, el amor a los colores es el pretexto perfecto. No tengo confianza en ninguno de ellos, aunque en el debate de ayer Ingla hizo un comentario de lo más acertado, cuando se habló de limitar el número de socios: “Esto no es un club de tenis, sino de fútbol, y lo fundó un suizo”. Buen recordatorio para los patriotas de chichinabo.