La ley del deseo
14 Septiembre 2009 por José Ferrer
Dicen algunos que dicen que saben -qué sabrán ellos -, que a partir de los cuarenta y tantos en el hombre, y más o menos coincidiendo con la menopausia en la mujer, se produce un descenso considerable del apetito sexual. Los orgasmos son menos intensos y de menos “calidad” y, lógicamente, se buscan cada vez con menor frecuencia, lo que determina una reducción notoria de las relaciones íntimas en la pareja… o en lo que toque al buey suelto, digo yo.
Vincular el ejercicio de la sexualidad a las posibilidades reproductoras, es la trampa ideológica más retorcida que han inventado los moralistas del sexo y los propagandistas de la Filosofía de las Cajas de Ahorro. A partir de determinada edad, nos cuelgan tanta responsabilidad, tantos compromisos, tantos asuntos importantísimos a los que atender, que pensar en el sexo parece un acto de irreflexión. Como si el sexo fuera algo propio y casi exclusivo de los muy jóvenes, quienes no tienen otra cosa mejor que hacer ni más lucido entretenimiento. Ni más barato.
O sea, que justo cuando uno(a) puede plantearse el sexo como actividad de puro disfrute, de goce de nosotros mismos y de nuestra pareja, sin complicaciones ni agobios y sin contener la respiración en el momento de eyacular para no dejar embarazada a la chica -método infalible como todo el mundo sabe -, entonces resulta que nuestra hora ha pasado, o están tan caducas y marchitas nuestras prendas y atributos que mejor no acordarse de ellos más que en casos de extrema necesidad.
¿En qué quedamos? Si de muy jóvenes el sexo entraña cantidad de riesgos y potenciales problemas, y a partir de los 50, más o menos, queda obsoleto… ¿cuándo se puede disfrutar olímpicamente y sin “marcha atrás” del más completo deporte que se conoce? ¿Entre los 38 y los 42? Poco tiempo me parece para dedicar sin sombra ni amenaza de efectos secundarios a la expansión más luminosa de nuestra personalidad, aquella que somos capaces de compartir en placentero tributo al más amable de nuestros imperativos vitales: el deseo.

El deseo muere nunca. Si no le ofrecemos lo que siempre va a exigirnos, lo pagará nuestro pobre inconsciente atornillado a la idea maligna de una vejez anticipada y obligatoria; la cual, por cierto, para las personas activas sexualmente llega al mismo tiempo que el cese del deseo: nunca.








